lunes, 30 de agosto de 2010

Don Santiago Cabrerizo Abad



Un caluroso domingo de agosto, el día 22, dejaba de existir don Santiago Cabrerizo Abad, músico clarinetista.
De él escribió Norberto Francisco Moreno Martín, en “El sonido de la vida. Banda municipal de Música de Soria”. Su amigo, el maestro Manuel Castelló, de Agost (Alicante), le compuso un pasodoble con el título “Santiago Cabrerizo”. Y en la hora de las honras fúnebres, la prensa le ha dedicado palabras de elogio como profesional.
Don Santiago había nacido en El Burgo de Osma, en 1924, aunque muy joven se fue a vivir a Almazán, villa desde la que se trasladó a Soria. Toda su vida estuvo ligada a la Banda municipal de Música de Soria, donde entró de becario con diez años, y en la que permaneció hasta su jubilación, en mayo de 1984. Previamente, tal y como recoge Diario de Soria, se licenció en el Ejército como músico en Zaragoza, en 1947, momento en el que lleva a cabo las pruebas para solista en la Banda de Música de Soria.
El último año de su estancia en la institución fue su director, realizando un total de 26 conciertos bajo su batuta. Y bajo la de José Manuel Aceña se detendría en alguna ocasión bajo su ventana, algo más alta que la mía, para felicitar a don Santiago, o para saludarle.
Yo tuve la suerte de conocer a la persona, no al personaje. Durante veinticinco años, hasta el día de su muerte, he sido, y sigo siendo, su inquilina y vecina a la vez. La convivencia en un bloque de seis vecinos suele ser estrecha, pese a la discreción de Santiago y su familia. Por eso puedo decir que se ha ido un gran músico, un gran clarinetista, el director de la Banda de Música, el administrador de algunas asociaciones, como la de Caza y Pesca, pero también, y más importante para mí, una grandísima persona, un caballero, un hombre culto, melómano, apasionado de la lectura, impenitente viajero hasta hace unos años, junto a Josefina de León, su ya viuda, mujer que, como él, es poseedora de casi todas las virtudes, sin hacer alarde de ellas, porque le son innatas.
Nunca olvidaré su figura alta y fuerte, sentada delante de la ventana de su piso, o en el sofá con los cascos puestos escuchando música clásica. Él los dejaba sobre la mesa para pegar la hebra conmigo. O la vuelta suya a casa con la prensa bajo el brazo, cuando yo, tardía, salía por la misma puerta, y su invariable saludo “¿Qué pasa, Isabel?”, al vernos, y “Bueno, maja”, al despedirnos.

viernes, 30 de julio de 2010

Abnegados alcaldes




En un momento de nuestra historia reciente, en el que los políticos (y ser alcalde lo es) están tan mal valorados, es necesario fijarse en algunos de estos hombres o mujeres que, desinteresadamente, trabajan por sus pueblos con toda la devoción posible.
Estoy pasando el verano en Quintana Redonda, y de vez en cuando me desplazo a pueblos, mas bien pequeños, para dar charlas por encargo de la Fundación Científica de la Caja Rural. Veo el esfuerzo de estos alcaldes y algunos concejales a lo largo del año, y especialmente en verano. Luchan por conseguir actividades atractivas para que los que se marcharon vuelvan un año tras otro y para que los vecinos sigan viviendo en sus pueblos. Se esfuerzan para que los establecimientos, si los hay, puedan salir adelante y no cierren; para que su patrimonio sea vistoso y agradable; para que las fiestas atraigan al mayor número posible de visitantes.
Estos esfuerzos no son vistos como tales por muchos estantes y veraneantes, sino como un divertimento incluso para quien los organiza. Nada más lejos de la realidad. Cualquier evento, por pequeño que sea, lleva añadido un gran trabajo de días, e incluso meses, que se consume en unas pocas horas.
He escuchado a personas, demasiadas, que se permiten el lujo de despachar con tres palabras despectivas todo ese trabajo, confundiendo el derecho a opinar con la mala uva.
Hace unos días el Ayuntamiento de Quintana Redonda, con Juan Manuel Valero a la cabeza, organizó una carrera popular en la que participaron más de doscientas personas, un ejemplo de buen hacer y de perfecta organización. Días después hizo algo parecido el Ayuntamiento de Alconaba. Hace tres días estuve en Cihuela y pude comprobar el esfuerzo de Gerardo, el alcalde, y de la Asociación San Roque, por llevar la cultura a un pueblo alejado de cualquier centro mínimamente importante de la provincia. Compruebo cada otoño el trabajo de los vecinos de la comarca de San Pedro Manrique, quienes, generosos y alegres, dan a conocer lo mejor de sus costumbres y su vida de antaño.
Porque donde los ayuntamientos no llegan, lo hacen las asociaciones, de las que es ejemplo la de Amigos de Sarnago, con José María Carrascosa al frente.
Es de justicia agradecer a estas personas un esfuerzo que va acompañado con la merma de su propio patrimonio. Una generosidad curiosamente incomprendida por algunos, sin que ello merme el empuje de estas personas que siguen adelante haciendo lo que creen que deben, en favor de sus pueblos y de sus convecinos.

jueves, 29 de julio de 2010

De ruta con Gumer





Mientras discurre el verano en la casa alquilada en Quintana Redonda, rodeada de familia, surge algún día de asueto, aquellos en que la pequeña Yaiza está bajo la protección de la abuela Anita. El viernes, 16 de julio fue uno de ellos.
Enfrascada, cuando las circunstancias lo permiten, en el trabajo sobre la Trashumancia, puse rumbo por la mañana temprano a Alcuneza (Guadalajara), uno de los embarcaderos elegidos por los trashumantes sorianos en su discurrir hacia los pastos de extremo.
Nada mejor para otear esa zona, que acudir a mi buen amigo Gumersindo García Berlanga, Gumer, residente en Alpanseque, quien ha ejercido el secretariado durante años, en los ayuntamientos de la zona, y ha administrado las haciendas de nobles Figueroas y Romanones desde hace lustros, encargo heredado de su padre. El propio Gumer posee un hermoso huerto en Horna, junto al nacimiento del río Henares, al pie mismo de la Sierra Ministra.
Seguimos carreteras locales y comarcales, bien asfaltadas, por donde apenas hay circulación, de las que me gustan, viendo los árboles de ribera, el sembrado ya casi todo recolectado, y los bosquecillos de carrasca. Este año, gracias a las abundantes lluvias de la primavera, todo se muestra menos agostado que otros.
Pasamos por Sigüenza, la bien cantada, con el ánimo algo encogido por el recuerdo de otros días que finalizaban en el parador, entre doseles de camas medievales, con un maravilloso duendecillo convertido en cenizas hace veinticinco años.
Discurrimos por pueblos donde tal vez se produjeran roces entre los todopoderosos Medinaceli y el no menos obispado de Sigüenza. Alcuneza es un pueblecillo muy parecido a cualquiera de los del Sur de Soria, con apenas cincuenta personas viviendo en él. Me dice Gumer que se hacían tejas y otros productos de la arcilla, ahora ya no, como en Soria. Señorea el caserío una alta chimenea que debe pertenecer a esa antigua industria. En su término hubo salinas que, según Gumer, funcionaron hasta hace unos cincuenta años. Podría ser que estas salinas proveyeran a los trashumantes de sal antes de embarcar
Lo más interesante de Alcuneza, en la actualidad, es el antiguo molino recuperado para hotel. Funcionó hasta hace pocos años, pero ya se sabe que la modernidad arrasa con todo, y ahora la sala de molturación y todas las demás dependencias, han pasado a hacer las delicias de clientes que pasan sus vacaciones entre jardín, spa y buen condumio, a dos pasos de la monumental Sigüenza.
En Horna, donde el huerto de Gumer, han restaurado la torre del reloj de sol. Frente a ella, la iglesia se halla medio arruinada. La arcada que da entrada está en el suelo, pero se mantiene una preciosa puerta con herrajes muy antiguos.
Con prontitud se entra en la provincia de Soria, por Torralba del Moral, donde una residencia de ancianos es cuidada por miembros de la orden religiosa propiciada por la vidente Amparo Cuevas. Nos hemos parado unos kilómetros más adelante a tomar unas cervezas, en el sitio más bonito y fresco que he visto en toda Soria: el nacimiento del arroyo de La Mentirosa, en Ambrona, considerado uno de los orígenes del río Jalón.
Hace casi veinte años lo visité por primera vez. Era un lugar agreste y agradable. Podría pensarse que, como sucede con frecuencia, la adecuación del entorno lo hubiera estropeado, pero no ha sido así. El nacimiento del arroyo se une, a pocos metros, al que forma los dos grandes caños canalizados hasta la fuente, y siguen juntos por arroyuelos hasta discurrir por debajo de un puentecillo de madera y buscar otros, aguas abajo, que forman el Jalón. Algo alejado, bajo una arboleda, han instalado mesas y cocinas que en nada entorpecen el discurrir del agua, y a un lado, un chiringuito, de nombre Los Álamos, donde puede tomarse unas cervezas bien frescas a precio de teleclub. Un verdadero reducto de frescor, en medio del secarral desértico que es el Sur de Soria.
Quise entrar en Yelo a saludar a Pedro, visita obligada. Gumer me dio la mala noticia de que había fallecido unos meses atrás. Entramos para saludar a su viuda, una joven mujer que le alivió los últimos cinco años de su vida haciéndole perder, a los ochenta años, su recalcitrante soltería. Carmen se llama. De aquella tienda de Pedro no queda absolutamente nada, sólo el espacio donde Carmen ha hecho un bar-casa de comidas completamente nuevo. Es el signo de los tiempos. No hay congrio seco, ni gallinas picoteando en la parte de afuera, ni sacos de legumbres y pimentón, ni aquella barra de madera donde los clientes tomaban un vaso de recio vino.
Hasta la próxima

sábado, 17 de abril de 2010

La señora Teresa, de Aguilar de Montuenga

En mayo del pasado año de 2009, conocí por fin a la señora Teresa Santamaría. Mi amigo Santiago Álvarez, de Judes, me había hablado de ella, de su tienda, de sus pollos de corral y de sus huevos fritos con patatas, pero sobre todo de ella. Un día fuimos a su casa mi hija Leonor, Iván Aparicio y yo, y comimos en su mesa, con su hijo y su nuera.Ese día constaté, de nuevo, la situación en precario de los pequeños establecimientos rurales, unos lugares que habían mantenido, durante años, la voluntad de servicio permanente al vecino, como los médicos, atendiéndoles a cualquier hora del día y aún de la noche, en sus necesidades más elementales.Después llegaron las grandes superficies y los vehículos para desplazarse a ellas, y los habitantes que todavía resistían en el mundo rural, se desplazaban a ellas sin tener en cuenta ese servicio prestado durante décadas y sin percatarse de que el día que les faltara la sal, un pimiento, una botella de vino, o un paquete de tabaco, la tienda de siempre ya no estaría para suministrárselo a cualquier hora.Porque estas tiendas, además de coloniales o ultramarinos (preciosas palabras), vendían también tabaco, servían un chato de vino en el mostrador y, si era necesario para cualquier forastero, freía unos huevos con chorizo a fin de aliviar la necesidad.A las grandes superficies se añadió la presión fiscal y sanitaria, propia de una provincia con nueve habitantes por kilómetro cuadrado, abundante de funcionarios. Y una buena colección de casas rurales, cuya ruralidad a veces es necesario poner en cuarentena, que tal vez, y digo tal vez porque desconozco los datos, se llevan parte de las subvenciones destinadas al mundo rural.Estas reflexiones, y otras, se las hice al presidente de la Junta de Castilla y León, don Juan Vicente Herrera, en una carta remitida con fecha 12 de mayo de 2009. Le escribía también que las personas que nos visitan buscan lo auténtico, y estos pequeños comercios-bares-estancos, son los que, después de los trajineros, han compuesto el entramado comercial soriano. Por eso le sugería al presidente, que la mejor manera de apoyarles para que no desaparecieran, era dejarlos exentos de impuestos. Rápidamente me respondieron, primero acusando recibo desde la Dirección del Gabinete de Presidencia, y después desde la Dirección General de Comercio. Parece ser que el artículo 31 de nuestra Constitución impide la exención de impuestos. No obstante la Junta, dicen, “está promoviendo programas de comercio rural que incentiven el mantenimiento de los comercios ya existentes”. Si tardan un poco, ya no quedará ninguno.El caso es que la señora Teresa Santamaría ya no vive para verlo. Nada hacía presagiar, pese a estar en la ochentena, que nos dejaría para siempre. Pero una mañana, sería por Navidad, Santiago me telefoneó para decirme que estaba ingresada en Zaragoza, y unos días después murió.Con ella, como con todos nuestros ancianos, se pierde una parte de la Historia de Soria, y lo que es peor, puesto que todos nos iremos, es que no hay recambio. Se marcharon, a lo largo del siglo XX, los habitantes de los pueblos, a vivir otras vidas, y vuelven de tarde en tarde, cuando los hijos, integrados ya en otras sociedades, les traen. Se marcharon huyendo de la incuria, de los caciques, del abandono, buscando un mundo mejor para sus, en algunos casos, numerosa descendencia.Estoy segura de que la señora Teresa habrá legado a sus hijos los secretos del buen hacer, de la hospitalidad y de la honradez, y también de las migas, de los guisos, de la forma de freír los huevos y aliñar las patatas. Deseo que la casa de la señora Teresa siga abierta para todo el que llegue a ella, y la recuerden entre fogones, entre ollas de adobos y masa de rosquillos, pero, sobre todo, sientan su sonrisa y simpatía, como nosotros la sentimos en su día.

sábado, 22 de agosto de 2009

Sarnago y Abel Hernández


Sarnago es ya un referente cultural en Tierras Altas. Hace casi veinte años, cuando lo visité para el trabajo sobre la despoblación, no podía imaginar lo que la Asociación de Sarnago, con José María Carrascosa al frente, sería capaz de conseguir. Lucha, constancia e ilusión han sido los ingredientes que han hecho posible logros como ir restaurando casas, el agua, mejorar algo el camino, mantener el museo etnográfico, editar tres revistas.
A este esfuerzo se ha unido Abel Hernández con su obra “Historias de la Alcarama” y ello ha sido un revulsivo más que ha arañado la neblina de los recuerdos y ha reunido en torno a ellos a los que se vieron obligados a abandonar sus casas, o a aquellos otros que, con mejor talante, se marcharon creyendo encontrar fuera de Sarnago una vida mejor, que tal vez lo haya sido, pero puede que el precio pagado por ello haya resultado elevado.
En el espacio de la plaza, conformada por una casona que perteneció a la familia de Abel y Delfín y la vieja escuela, rodeada por montes viejos, venerables y antiguas dehesas, sarnagueses emigrados, buenas gentes de Tierras Altas, y algunos visitantes, nos dimos cita, un año más, para acompañar a José María Carrascosa, a los miembros de la Asociación, y a Abel Hernández, en la presentación de la revista Sarnago nº 2, y en el libro –comparado ya con el buen hacer de la Generación Literaria del 98- “Historias de la Alcarama”, cuya foto de portada fue hecha por el fotógrafo soriano César Sanz, quien también tuvo palabras de elogio merecido para Abel. Anunció el autor una segunda parte, de la cual leyó un capítulo, emocionado y emocionante para los allí presentes.
La reunión finalizó con un ágape preparado por el Taller de Empleo de Alimentación Tradicional de Tierras Altas, cuando el calor feroz que padecemos este año en Soria, daba un respiro y la brisa a través de los montes traía ecos de culturas antiguas.


SARNAGO, soria-goig.com

viernes, 21 de agosto de 2009

Narbaiza en Pinilla del Olmo

En el alto de la paramera de Barahona, pino como su nombre indica, está el pueblo de Pinilla del Olmo. Anciano y desdentado, de él solo destaca la mole del templo. No sabemos si es en esta iglesia, o en la ermita de la Soledad, desvalida al final de un viejo y polvoriento camino, donde se guarda la imagen de la virgen del Tremedal, curiosa advocación, en cuyo honor celebran fiestas anuales.
Ermita de la Soledad de Pinilla del Olmo
Incluso en agosto, la soledad de este pueblo soriano es abrumadora. Nos regalaron un DVD y en él puede apreciarse, tanto como al natural, lo impresionante de este pueblo, de su entorno desolado, de sus muchas casas en ruinas, de la piedra descarnada. Es el escenario ideal para cualquier director de la escuela de Rosellini, es Stromboli su entorno, lunar, volcánico. También las hermanas Brontë hubieran situado en Pinilla cualquiera de sus novelas, tremendas y románticas.
En este entorno gris Javier Narbaiza ha construido su particular Arcadia. Lo halló un buen día, hace ya años, cuando andaba buscando sus orígenes, la escuela donde el abuelo enseñaba, el lugar donde empezó una generación que luego traería otra, y otra. Quiso él recomponer el quiebro generacional y volver a la tierra que fuera ganadera y ahora lucha por dar algunos frutos.
La casa y “el casillo”. En la primera vive parte del año con su esposa Belén, y su hija, Jimena. En el segundo reúnen a los amigos. Y allí fuimos un caluroso día de agosto, con el señuelo de tratar asuntos de los Artesanos en la Red, quienes previamente nos habíamos reunido en la casa de autoridades de Valonsadero. Y digo señuelo, porque ni un día ni el otro tratamos asuntos relativos a los webs, ya somos todos amigos y nos reunimos por el placer de hacerlo, comer unas migas, recorrer el entorno de la reunión, y coger ideas que después se plasman en los buscadores para dar a conocer al que lo desee las peculiaridades del lugar visitado.

Antiguas Escuelas de Pinilla del Olmo
Esta vez fue Pinilla del Olmo y la última parada fue en el edificio de la antigua escuela, ahora convertido en lugar de reunión, un a modo de centro social. Es, junto con la humilde ermita, lo más destacable de Pinilla, abstracción hecha del templo. Unos escalones de piedra dan acceso a lo que fuera la escuela, y en la parte de abajo, una habitación pequeña y fresca, se dedica a las reuniones, a recordar viejos tiempos, a añorar lo que se perdió tratando de recuperar parte de ello, a dar y tomar ideas que, en muchos de los casos, quedarán reducidas, como el sueño de una noche de verano.

domingo, 9 de agosto de 2009

Las lavanderas de Valdanzo


Foto: Jesús Muñoz Monge

Al hermoso y acogedor pueblo de Muriel Viejo llegaron de Valdanzo hombres y mujeres, capitaneados por María Ángeles Maeso, para escenificar cosas de lavanderas. El marco no podía ser más propicio: el lavadero de Muriel, recientemente restaurado, rodeado de pinos y flanqueado por el río al que le da nombre el pueblo, o al revés.
Vestidas a la usanza, provistas de barreños de cinc y jabón del que se elaboraba en casa, las lavanderas, mientras restregaban la ropa, iban recreando conversaciones propias y cancioncillas. Unos hombres galanteaban por detrás, recitando alguna poesía o dejando caer algún refrán o sentencia. Se trataba de recordar aquello que nuestras madres y abuelas hacían habitualmente, primero en el río y más tarde en los lavaderos. Unas obras públicas que en su momento fueron una revolución, tanto como lo sería la lavadora automática, y que Emilio Ruiz ha estudiado y publicado recientemente.
Este grupo que, aumentado, y con el nombre de Valpoesía, celebra en Valdanzo, cada año, recitales de poesía relacionados con artes, oficios y otras labores propias del mundo rural, demostraron, el pasado sábado, 8 de agosto, en Muriel Viejo, que es posible ofrecer actividades pequeñas y entrañables, a la vez que originales.
El acto estuvo organizado por la Asociación Los Abedules, al frente de la cual se encuentra Herminda Cubillo. Y allí nos dimos cita los de casa y forasteros para disfrutar de una velada preciosa que acabó con un vino español ofrecido por el Ayuntamiento.


Sociedad de Lavanderas de Soria, soria-goig.com