domingo, 26 de abril de 2015

Jaime I, Leonor de Castilla y Ágreda



Fotos: Leonor Lahoz
Jaime I, rey de Aragón, de Mallorca y de Valencia, conde de Barcelona y de Urgel y Señor de Montpelier y otros lugares del Sur francés, “el Conquistador”, fue rey desde su infancia. Era hijo de Pedro II, “el Católico”, y de María de Montpellier, llamada por algunos “la Santa”. Nació en Montpellier en 1208, y su nacimiento estuvo envuelto en cierto misterio que la investigación histórica no ha resuelto.  Huérfano de padre desde niño, fue puesto por el Papa Inocencio III bajo la tutela de los Caballeros Templarios de Monzón (Huesca). Tenía 13 años cuando se casó en 1221, en Ágreda, con la infanta Leonor de Castilla. El matrimonio duró ocho años y de él nació un hijo, Alfonso, quien hasta su muerte, antes que la del padre, fue el heredero de la Corona de Aragón. El pretexto o justificación esgrimida para el divorcio fue la consanguinidad, ya que ambos eran bisnietos de Alfonso VII de Castilla, aunque es pensable que fueran otros relacionados con la política entre reyes, ya que a lo largo de la Historia las bodas reales donde intervenían consanguinidades de grados más bajos que ésta han sido harto frecuentes.

La historia de este rey –separada en ocasiones la personal de la pública- fue decisiva para Aragón y Cataluña. El sobrenombre de “el Conquistador”, se debe a las sucesivas anexiones a sus tierras de aquellas ocupadas por musulmanes, o bien deshabitadas casi por completo, como es el caso de la llamada Catalunya Nova, donde se engloba la actual Tarragona. Su política matrimonial le llevó a casarse con Violante (Yolanda) de Hungría, hija del rey, tras el divorcio de Leonor de Castilla. Con Violante tuvo ocho o nueve hijos pero, tras su muerte, fueron varios los bastardos reales engendrados con amantes que han pasado a la Historia, como Teresa Gil de Vidaure, Blanca de Antillón y Berenguela  Fernández, apellidos que se verán después en la más influyente nobleza aragonesa. Con su última amante, Berenguela Alfonso, no tuvo hijos.

A la muerte de Jaime I el reino fuerte que había logrado, fue dividido entre algunos de sus hijos. Las tierras nuevas conquistadas con el apoyo de Violante de Hungría fueron repartidas entre algunos hijos, pasando Mallorca y el Sur francés a manos de Jaime quien sería el fundador de la monarquía de Mallorca como Jaime II, dando lugar a luchas familiares que se prolongaron hasta la muerte, en Soria, del infante o rey nominal Jaime IV de Mallorca.
Murió en Alcira (Valencia), a los 68 años, pero sus restos, o lo que de ellos queden tras la ruina causada por la Desamortización en 1835 y posterior restauración por Frederic Marès, se encuentran en el monasterio de Santa María de Poblet, en Tarragona. Mezclados, con toda seguridad, con otros, eso sí, reyes de la misma familia.

Muy distinta fue la vida de Leonor de Castilla, de no menor linaje. Nació hacia el 1191, por lo que era bastante mayor que Jaime. Era nieta, por línea materna, de Enrique II Plantagenet de Inglaterra y de la reina Leonor de Aquitania. Sus padres fueron Leonor de Inglaterra y Alfonso VIII de Castilla, nacido en Soria y rey desde la infancia, quien casó también en Soria. Sus hermanas Berenguela, Urraca y Blanca, fueron reinas consortes, como ella misma. Dicen que fue su madre, Leonor de Inglaterra o Plantagenet, quien ordenó las pinturas del asesinato de Tomás Beckett, arzobispo de Canterbury, en la Iglesia de San Nicolás de Soria, como homenaje a quien fuera gran amigo de su padre, el rey Enrique.

Tras el divorcio y por expresa voluntad de quien fuera su esposo, Jaime I, quedó usufructuaria de la villa de Ariza y su castillo, así como de todos los bienes con que había sido dotada, siempre y cuando no volviera a casarse, y se le permitió, algo casi desconocido en la historia, que mantuviera a su hijo Alfonso, heredero de la corona de Aragón, junto a ella. El tratado fue, al parecer, hecho por el propio rey Jaime y por el sobrino de la reina Leonor, Fernando III el Santo, en el Monasterio soriano de Santa María de Huerta. Leonor se retiró al monasterio de las Huelgas Reales, en Burgos, hasta su muerte. Allí, entre reyes, permanece el sepulcro de la reina. Otra historia más de las desgraciadas reinas consortes que eran objeto de intercambios y paces y consideradas poco más que vientres reales desde que nacían. Pocas, entre ellas su propia abuela Leonor de Aquitania, se zafaron de ese destino, aunque desde luego tuvo bastante influencia el que fuera poseedora de Aquitania, uno de los ducados más extensos y más importantes de la Edad Media, además de duquesa de Guyena y condesa de Gascuña.
El hijo de Leonor, Alfonso de Aragón, quien debió padecer las intrigas de su madrasta, Violante de Hungría, murió en Calatayud, hacia 1260, sin dejar descendencia. Unos historiadores aseguran que sus restos se hallan en el Monasterio zaragozano de Veruela, y otros en Valencia.
En una crónica apócrifa (final s.XIV-principio del XV), se describe así a Jaime I:
Era uno de los bellos hombres del mundo, era mayor hombre que otro de un palmo, era muy bien formado y muy cumplido de espaldas y de miembros, la cara colorada y grande y la nariz larga y bien derecha y gran boca y bien hecha y los dientes no grandes mas iguales y blancos y los ojos garzos y hermosos y los cabellos que parecían hilos de oro, el cuerpo largo y delgado, los brazos luengos (…).
De la reina no se ha conservado ninguna imagen, pero sí de sus antecesores Plantagenet y Aquitania, por lo que es de suponer que sus cabellos fueran rubios. Los dos jóvenes que el sábado, 25 de abril, representaron en Ágreda los desposorios de Jaime y Leonor eran tan creíbles que parecían los propios reyes.

En la villa soriana de Ágreda, en la raya con Aragón, se representó, un año más, los Desposorios de Jaime de Aragón y Leonor de Castilla. Fue habitual a lo largo de la Edad Media que las villas rayanas con Aragón (Monteagudo de las Vicarías, Serón de Nágima, Morón de Almazán, Ágreda…), fueran escogidas por los distintos monarcas castellanos y aragoneses para firmar paces y celebrar matrimonios, por motivos estratégicos. Ágreda conserva un importante patrimonio artístico y cultural, aunque salpicado entre los disparates arquitectónicos de los años sesenta y posteriores, tal y como sucede en la misma capital. Entre esos despropósitos, se han conservado y se van restaurando, aquellos que el sábado fueron testigos de la fiesta medieval, como la joya (aunque renacentista) del palacio de los Castejones, y la iglesia de San Miguel, cuya primera edificación fue románica.

Grupos de recreación histórica se dieron cita en la Villa llamada de las Tres Culturas. Pudimos ver almogávares, que tanta influencia tuvieron en las batallas ganadas en el Mediterráneo; templarios, bajo cuyo manto se educó el rey Jaime; al grupo La Santa Compaña, que llevaban entre sus personajes escribas, judíos, cristianos y musulmanes, en honor a la villa de Ágreda; y, en fin, grupos de personas muy bien caracterizadas que, junto con los protagonistas de la historia, los propios reyes, daban ambiente y color, y creaban la sensación de realidad histórica ante el numeroso público congregado.